Bacterias solidarias
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Alfontso Martínez Lizarduikoa. Publicado en GARA el 18 de septiembre de 1999.
Alfontso Martínez Lizarduikoa * Doctor en Ingeniería y filósofo
Uno de los descubrimientos más relevantes de la biología actual es el de la importancia que, para la evolución de la vida en la Tierra, ha tenido y sigue aún teniendo el vasto mundo microbiano, dentro del cual las bacterias brillan con personalidad propia. Las últimas investigaciones nos confirman que, a pesar de su invisibilidad para el ojo humano, el mundo microbiano conforma la mayor parte de la biomasa del planeta, biomasa en la que la vida multicelular animal no es más que un leve matiz. Otra de las sorpresas que se han llevado los científicos es comprobar que las bacterias han colonizado los nichos más extremos del planeta, desde los helados desiertos antárticos, pasando por los lagos sulfurosos de Yellowstone y llegando hasta las profundidades abisales de las dorsales oceánicas donde el mundo bacteriano procrea, y es fuente de vida más compleja, en las proximidades de las fugas termales que provienen del magma líquido que yace bajo la corteza terrestre.
Sin embargo, al comenzar a analizar el ADN del mundo bacteriano es cuando los biólogos han encontrado un verdadero milagro evolutivo. Al parecer, todo el mundo de lo vivo, tanto el microscópico como el macroscópico, evolucionó hace unos 3.800 millones de años a partir de unas bacterias especializadas en metabolizar a altas temperaturas (termófilas). De ellas surgirían, posteriormente, lo que los biólogos consideran las tres grandes ramas de la evolución: las arqueobacterias (bacterias primitivas), las bacterias propiamente dichas, y otra línea de la que surgirían las células con núcleo. Estas, a su vez, generarían múltiples ramas, una de las cuales, perdida entre el follaje, representaría a los animales y al hombre como flor de un día.
Este nuevo árbol evolutivo, que ya ha comenzado a ser enseñado en algunas escuelas, no es más que el reflejo de la importancia que se le asigna hoy en día al mundo bacteriano en medios científicos y de la relativa importancia que en términos evolutivos se adjudica al ser humano. El ser humano no es más que un conjunto de colonias bacterianas sincronizadas, y la muerte física del hombre no tiene su equivalente en términos bacterianos, ya que las bacterias pueden vivir después de nuestra muerte en nuevos ecosistemas más simples. El que el ser humano haya sido capaz de colonizar toda la Tierra e inventar sofisticadas tecnologías, aunque a nosotros nos parezca determinante en términos evolutivos, quizás no lo sea tanto. Si nuestra tecnología provocase una catástrofe nuclear o se produjera una crisis bioclimática generalizada, ambos casos cada vez más plausibles, las consecuencias serían fatales para la especie humana pero no así para el mundo bacteriano, el cual seguiría reproduciéndose en sus nichos base preparándose para nuevas aventuras evolutivas. En ese supuesto, la humanidad sólo habría sido un destello pasajero, un intento fallido, de las múltiples posibilidades que ofrece la sincronización bacteriana.
Las bacterias son el mejor invento de la evolución. Son los primeros seres vivos surgidos en nuestro planeta y, desde su nacimiento, han vivido en él ininterrumpidamente durante miles de millones de años, sin que ningún factor desestabilizador pudiera acabar con ellos.
Además, las bacterias han sido origen de inventos fundamentales para la vida. Inventaron la fotosíntesis y con ello la atmósfera que hoy respiramos tanto animales como hombres; inventaron un tipo de sexualidad horizontal que les ha hecho poco menos que inmortales; inventaron la respiración aeróbica y el movimiento y, como culmen, lograron diseñar una nueva estrategia que les hizo crear un nuevo tipo de ser: la célula con núcleo (eucariota), un invento revolucionario sin el cual nosotros no podríamos estar contando aquí esta historia.
El invento de la célula eucariota fue fruto de una estrategia que está sorprendiendo fuertemente a los científicos. Frente a las tesis del darwinismo social, que basan la construcción del mundo vivo (y también del social) en la competencia, llegando a justificar el competitivo mundo capitalista como mero producto de una ley natural frente a la que nada puede hacerse, he aquí que las insignificantes bacterias nos proclaman que los mayores logros evolutivos que se han dado en nuestro planeta se lograron con la cooperación. Las mitocondrias, los cloroplastos o las espiroquetas celulares fueron, al parecer, bacterias que, tras millones de años de vida independiente, al final, decidieron (es un decir) cooperar. Las últimas investigaciones de Lynn Margulis llegan al extremo de considerar al cerebro como un conjunto de bacterias cooperantes especializadas en enviar y recibir estímulos eléctricos. Según esta visión, el cerebro humano no sería más que una colonia bacteriana especializada en segregar pensamiento.
Estos nuevos caminos que la investigación científica está abriendo acerca del micromundo sobre el que está construida la vida resultan francamente estimulantes, al comprobar que la cooperación parece constituir la base de las mayores aventuras evolutivas que se han dado en nuestro planeta, al tiempo que nos empujan a pensar que la cooperación es una cualidad emergente de gran potencialidad y futuro, y no un error evolutivo como nos quieren hacer creer machaconamente los pensadores del capital.